Greenlight Academy Rol
I.
II.
III.
IV.
V.
La academia Greenlight, reside dentro del pueblo de Haus, comprado y fundado por Adelbert Greenlight. En las cercanías de dicho pueblo, podemos encontrarnos con la capital de Australia, Canberra, donde se puede llegar en tren, camión e incluso en bicicleta. Los estudiantes, funcionarios o habitantes pueden llegar a Sydney en cualquiera de los transportes señalados, así como también tomando un avión con ese destino, si se cuenta con el dinero apropiado.
Datos necesarios
Aquí puedes encontrar los expedientes de los personajes que ya han sido creados en el foro o también puedes ver más fácilmente donde ubicar la ficha de tu personaje en creación.
Para elaborar tu ficha
03

Feuerrote

06

Lauftgrau

07

Wasserblau

05

Blattgrün

Jefe FeuerroteV. Greenlight
J. LauftgrauDisponible
J. WasserblauDisponible
J. BlattgrünDisponible
Ella Greenlight

Hija del Director

Vicious Greenlight

Hijo del Director

Adelbert Greenlight

El director

Lorelei Luhrmann

Ex-esposa del Director

EllaGreenlight
ViciousGreenlight
AdelbertGreenlight
LoreleiLuhrmann
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Mensaje por Ian C. Flint el Jue Feb 25, 2016 10:04 am
Desde que escapó, había estado caminando mucho; había pasado tiempo desde la última vez que había estado en un territorio tranquilo, calmado. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que durmió en una cama cálida y comido algo delicioso para cenar. Ian, en ese momento, no se parecía en absoluto a lo que alguna vez había sido. Las ropas finas que antes vestía ahora se habían convertido en viejas tiras arrugadas sucias por los lugares en los que dormía y la cabellera brillante que poseía, ahora se veía opaca y con grandes manchas de suciedad sobre los rizos azulados. Para dormir, por lo general, se convertía en un pequeño conejito blanco que ahora tenía grandes manchas negras, parecía moteado por las grandes cantidades de polvo que había adquirido, estaba algo nervioso, porque los últimos días había batallado en conseguir alimentos. Estaba harto de la vida de la calle, pero no sabía que más podía hacer para sobrevivir. No podía pedir ayuda y tampoco podía exigir nada porque tenía esa maldita maldición de mierda. Le enfurecía tanto, pero no tenía energía para enfurecerse.

Dejó escapar un suspiro, se metió en un callejón colindaba con un restaurante y daba con el basural donde metían los desechos de la comida. Aquella podía ser su mejor opción para sobrevivir ese día. Tenía frío, había perdido sus zapatos y aunque las noches eran cálidas en Australia, comenzaba a llegar el viento del otoño y eso de alguna forma le afectaba al joven conejo. Se convirtió de nuevo en un pequeño conejo, cuando consiguió abrir la puertecilla del contenedor de basura y nadó en el mismo hasta encontrar un pedazo de carne algo intacto y con buen olor, y un contenedor con verduras al vapor que seguramente habían tirado ese mismo día. Incluso consiguió un pequeño postre que parecía pudín de vainilla. Salió del callejón con sus alimentos y se los comió con cuidado en una esquina. Miro alrededor, intentando encontrar a alguien más, alguien con quien compartir, pero lo único que vio fue como una banda de malandrines se acercaba a él. Se atemorizó, pensando en cómo escapar, en como pedir piedad, pero aquella maldición solamente le llevó a decir palabras groseras que alimentaron la ira de aquellos hombres.

Ian intentó gritar con pánico, cuando uno de los hombres le sujeto de los hombros y el otro le tomó de la cintura y le bajó sus destrozados pantalones, el primer hombre le volteó, levantando su trasero hacia el tercer hombre, que comenzaba a despojarse de sus ropas. Ian gritó, aun cuando la maldición provocó enormes descargas en su cuerpo que le agrandaban la debilidad. Se movía como loco intentando ser soltado por aquella persona, pero no conseguía hacerlo bajo ninguna circunstancia. Ian sabía que aquel era el fin, sintió algo caliente en la punta de su trasero y los gritos y los movimientos desesperados se hicieron más largos. Gimió de miedo cuando uno de los hombres acarició su miembro con la mano fría e Ian vomitó. Del asco, del pánico, del miedo, de los nervios… Se sentía tan débil y estaba atrapado… No habría nadie que le rescatara. Había comenzado a llorar, a gimotear como un niño pese al dolor que sentía en ese momento al mostrar sus sentimientos.

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Mensaje por Ibuki el Lun Mar 28, 2016 11:43 am
Aquella noche Ibuki se la había pasado con un tal Wallace, supuesto corredor de autos formula 1 que conoció en una fiesta a la que había asistido con Chast no hacía mucho. Wallace había quedado impactado por los ojos de Ibuki; como siempre su más grande y llamativo sex appeal. Le había invitado a salir los días siguientes, fueron al parque de diversiones, a restaurantes e incluso llevó a Ibuki a la playa. El tipo se veía de las mejores intenciones, cariñoso, caballeroso, todo lo que una chica pudiera desear; pero a Ibuki le estaba repugnando su forma tan delicada de ser. ¿En qué momento pensaba llevarla al hotel? Específicamente para tener sexo. Si bien, pudo haberle mandado a freir espárragos desde el momento en que se aburría, pero en realidad estaba disfrutando sangrar la billetera. Quería ver hasta donde podía aguantar.

Desgraciadamente el día que le invitó a su casa por la noche no fue precisamente para lo que Ibuki había estado anhelando. La había invitado para cenar y ver una pelicula. Ella estaba con una expresión estupefacta en el rostro y decidió que ésa sería la última vez que saldría con él. ¡Era demasiado caballero! Y no lo soportaba, si así era en la vida cotidiana seguro en el sexo sería un romántico que terminaría enfermando a Ibuki. Ella buscaba acción, adrenalidad y pasión desenfrenada ¡Nada de romanticismo! — Pfff... Idiota. — Dijo al aire mientras cortaba camino por un callejón; era la forma más rápida de regresar a la academia sin pasar por las zonas más concurridas; la verdad estaba algo molesta y de muuuy mal humor; mientras menos la provocaran sería mejor. Pero al parecer la tranquilidad estaba lejos de aparecer.

Escuchaba unas risas, como de aquellos tipos que son los típicos cerdos morbosos que miran con muy malos ojos a las chicas estudiantes, con sus trajecitos de colegiala y sus faldas cortas. Agh, eran realmente fastidiosos. Pensaba seguirse de largo, total no era su asunto pero nada más ver que había alguien más que no parecía ser del grupo se sintió petrificada. Al principio no se movió, tan sólo miró cómo el pobre niño gritaba y era despojado de sus ropas y fue cuando la inestable mente de Ibuki actuó.

Había corrido con todas sus fuerzas y golpeó de golpe el estómago de uno de ellos al punto de sacarle todo el aire, aquel tipo se puso morado y terminó tirado en el suelo. — ¡Largo! — Gruñó e instintivamente casi como una madre protectora se interpuso entre los tres hombres que seguían de pie y el pobre niño que lloraba. Ibuki odiaba que se aproevharan de los débiles y más cuando era un intento de violación sintió tremendo repudio por aquellos sujetos. — ¡Dije largo! — Gritó furiosa y mostró sus largas y afiladas garras y mostró los colmillos. sus orbes magenta parecían brillar con odio en la oscuridad; por un momento los tipos se encogieron y dieron un paso hacia atrás.
Localización : Puede que en un motel o en los jardines traseros ¿Quieres venir?

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Mensaje por Ian C. Flint el Sáb Abr 30, 2016 12:28 pm
Estaba asustado, se encontraba mortalmente asustado en ese momento, no sabía qué hacer, no sabía si podría soltarse, no sabía si la maldición que tenía terminaría corrompiéndole el alma. Se sentía tan inseguro en ese momento, no sabía qué hacer, no estaba seguro de cómo enfrentarse a esa situación, aunque es cierto que en muchas ocasiones había estado en situaciones parecidas, pero eran mejor llevaderas que esa y nunca había llegado a la penetración, solamente lo necesario para tener algo de comer en ese momento y tener algo de dinero para mantenerse en una posada. Pero aquello era completamente diferente, era completamente diferente a cualquier experiencia previa referente al sexo y tenía miedo. Estaba mortalmente asustado porque estaba seguro de que después de que le penetraran, lo arrojarían al suelo y lo matarían. Ese sería el final. Si la maldición no terminaba matándolo, lo que lo mataría sería el hecho de que esos matones quisieran darle cuello a su cuerpecito.

Dejó escapar otro grito, estaba aterrado, sentía como el miembro del sujeto comenzaba a introducirse dentro suyo y eso provocaba que pateara más y gritara como loco, tanto por el dolor, como por las lágrimas que soltaba que violaban el “contrato” y la maldición hacía efecto aparente. Estaba sumamente espantado, había pensado en entregarse, pero su orgullo no le permitía rendirse sin dar pelea, le habían apretado con demasiada fuerza los testículos que se sentía incapaz de seguir utilizando su poca energía para pelear, y fue en ese momento que sintió una chispa de fe, como si pronto fuera a encontrar la forma de salir de esa situación, estaba seguro de que solamente estaba delirando del dolor.

Una chica, pensaba que era una chica, se había acercado corriendo veloz como un relámpago y había golpeado fuertemente a uno de los sujetos había caído de inmediato al suelo. Eso le hizo sentir un poco mejor, aunque avergonzado porque sus pantalones estaban caídos y seguramente la chica podría verle sus pobres miserias. Era aún un niño así que no era nada grandioso por lo que hubiera que maravillarse, la verdad lo único seguro es que estaba aliviado de que no le hubieran hecho nada. Las lágrimas corrían por sus mejillas, su cuerpo temblaba y estaba seguro de que estaba lleno de porquería, además, le dolían los testículos como para arrancárselos. Los sujetos no se iban, pero la chica se había acercado a él, se había acercado a él y le había protegido, él solamente pudo aferrarse a las ropas de la chica, tembloroso. Se sentía vulnerable, vulnerable y agradecido.

¿Quién eres?— Su voz fue temerosa, insegura, sin saber si era un amigo o un enemigo, la persona que estaba a su lado.

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Mensaje por Ibuki el Miér Mayo 04, 2016 8:25 am
Los ojos de Ibuki estaban invadidos de odio, tenía un sentimiento muy agresivo saliendo de su pecho y por un momento, aquello que era orginalmente ella hace años; Lilith, el demonio de la lujuria sintió despertarse. Lilith fue depravada en su tiempo y aunque Ibuki era la rencarnación de ése demonio los sentimientos y sensaciones de querer tener la sangre de esos hombres en sus manos le exitaba. Sólo de imaginar el líquido tocar su piel, de tener los órganos de los hombres entre sus dedos y probar el fervor del momento le hizo sonrojar y relamerse los labios, pero no bajó la guardia y la molestia de sus ojos continuaba vibrando.

Sintió las manos ajenas del pobre pequeñín sostener sus ropas y volvió a la realidad, donde le dedicó una cálida sonrisa pese a que los sujetos se habían molestado claramente y soltaban una retahíla de insultos y palabras obsenas sobre el chico y lo que le ocurriría a ella por haberse metido en donde no le llamaban. Ibuki gruñó ferozmente y mostró garras y colmillos; ni si quiera se hizo esperar ya que de un salto arañó el rostro del segundo al frente; poco le faltó para sacarle los ojos. — ¡Me vale un carajo, lárguense de aquí antes de que decida matarlos! — Bufó; en ésta ocasión los tipos retrocedieron más; levantaron al que seguía morado en el piso y al que estaba sangrando de la cara y comenzaron a irse no sin antes desearle la muerte a la chica y que si se la volvían a encontrar no le iría tan bien. Irónico, siendo que ellos eran más pero aún así habían huído como cobardes.

Ella giró su rostro a ver al pequeñín y sonrió bajándose hasta quedar en cunclillas y ponerle la mano en la cabeza cálidamente. — Tranquilo, ya está todo bien. Soy una super heroína. — Mencionó esperando tranquilizar al pequeñín. Si algo bueno había tenido Wallace y su inusual y hostigosa caballerosidad era que se había quedado con su saco; así que aprovechó para ponérselo al pequeño en sus hombros y cubrirlo; el pobre estaba hecho un asco (sin ofenderlo personalmente) y sus ropas rotas no servirían como para volver a usarlas. — ¿Se puede saber porqué estabas en un callejón a éstas horas? — Quería abrazarlo, calmarlo y decirle que ella lo iba a cuidar, pero no se sintió con el derecho de decir aquello, más cuando es alguien a quien acabas de conocer.
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Mensaje por Ian C. Flint el Dom Jun 19, 2016 11:38 am
En ese momento sentía tanta pena, tanto dolor y las heridas dentro de su pecho le carcomían, podía sentir el poder de la maldición expandirse dentro de él. Tenía miedo porque sabía que si no terminaban matándolo esos sujetos, quizás la maldición que le había dejado ese sujeto, si lo haría. Había pensado que moriría de verdad, y entonces un rayo de luz había iluminado su triste destino. Era una muchacha algo extraña, se veía rara. Quizás era punk o seguía alguna de esas modas extrañas, tampoco es que Ian fuera muy normal. Su vestimenta le hacía ver vulnerable y causaba deseos externos de tocarle o ponerle en situaciones peligrosas, justo como había sucedido con aquellos sujetos en ese lugar. Pero ahora, ahora estaba a salvo. Estaba temblando, sujetaba débilmente las prendas que le habían quitado, cubría suavemente su cuerpo pero no podía dejar de temblar, no sabía cómo tranquilizarse y no sabía si podía confiaren aquella mujer, se veía amenazante, pero sus instintos le decían que era segura por ahora.

Se sentía débil, la mirada tímida que le dedicó a la muchacha, la mirada de salvación que dedicó, la verdad es que estaba agradecido y aunque su instinto denotaba una buena señal, tenía miedo de estar cayendo en la boca del lobo, de nuevo. Dejó escapar una débil sonrisa, un débil murmullo. La sonrisa había sido buena, al menos el temblor había desvanecido lo suficiente para que se acomodara su, ahora sucia, ropa interior. Le observó, estaba impresionado por la fuerza de la mujer, había podido ahuyentar a esos cuervos solamente con su presencia, ella era increíble, a Ian le gustaría poder ser tan fuerte como ella parecía serlo. Se dejó acariciar, la verdad estaba tan tembloroso, tan asustado que tenía miedo de que ella fuera exactamente igual. Sus palabras le habían provocado escalofríos. ¿Súper heroína? ¿Es que acaso esas personas existían? Porque ella no tenía un disfraz, no tenía nada que le hiciera verse como una… ¿Y su traje de látex?

Y-yo no estaba en el callejón.— Su voz se rompe mientras habla y siente que las lágrimas se soltaran en cualquier momento. La calidez del saco le embarga y siente un revoltijo en el estómago, quizás va a vomitar lo poco que comió.—A-acababa de terminar con un evento en una fiesta y volvía al circo.— Siente un escalofrío que recorre su espina dorsal y se queda en silencio por un rato. Luego se levanta, un poco asustado.—Pero, él ya no me va a querer si me ve así…— Su voz muestra un poco de miedo.—Habría sido mejor morir aquí.— Confiesa con timidez.

Entonces, se aleja un poco de la chica. Tomando el valor para dar pasos menos temblorosos. Tenía que volver al circo cuanto antes, mientras más rápido lo hiciera menor sería el castigo. Desconocía la hora y también donde había quedado el dinero que había conseguido obtener, tenía que irse. No quería volver a las calles y aquel era el lugar más seguro que alguien como él podría obtener. Dejó escapar un suspiro, no se sentía preparado para lo que seguía, ¿qué le haría él cuando se diera cuenta del estado de sus ropas? ¿Sopa de conejo?

¡Tengo que irme ahora!— Intentó caminar, pero los nervios terminaron flexionando sus rodillas y cayó al suelo, empapando ligeramente el saco. No pudo evitarlo y comenzó a llorar.—¿Por qué?— Su voz se debilitó, para darle lugar a los gemidos de dolor.

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